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Fb. In. Yt.
Restaurantes bonitos

Restaurante no nació, restaurante es: los establecimientos en los lugares más sorprendentes de Zaragoza

Bancos, garajes, palacetes, joyerías y hasta un matadero, son algunas de las ubicaciones sorprendentes donde se aloja un restaurante. 

El patrimonio arquitectónico de Zaragoza siempre ha sido muy variado en cuanto a estilos, digamos que bastante ecléctico. Y, por otro lado, los locales preparados para ser restaurantes suelen ser escasos y van pasando de unas manos a otras, quedando muy poco espacio para abrir otros nuevos.

Ante lo cual, surgen opciones para tomar algo o comer en inmuebles que, en principio, no estaban pensados para ello, pero que acaban funcionando muy bien y no dejan de ser un reclamo para conocer mejor la historia de la ciudad. Lamentablemente, tenemos varios ejemplos que son maravillosos y ahora mismo están cerrados, pero los incluimos aquí con la esperanza de que reabran sus puertas próximamente para ir a hacerles una visita.

Actualmente en marcha

Gente Rara by Cristian y Sofía era un antiguo garaje que han convertido en un restaurante aspirante a la Estrella Michelín con espacios muy amplios y austeros, divididos en diferentes ambientes que permiten ir pasando de uno a otro, por ejemplo, del huerto al comedor, mientras se catan algunos aperitivos de su menú degustación que, eso sí, se come en mesas, con bastante espacio entre unas y otras. Los pequeños detalles cuidados, como la vajilla y las presentaciones de sus platos, dan muchas ganas de probar los experimentos culinarios de Cristian Palacio Reula.

El Novodabo es el restaurante gastronómico que se aloja en el único edificio que se conserva de todos los de la antigua Glorieta de Pignatelli proyectados por Antonio Miranda Fondevila en 1888 para contentar a la burguesía zaragozana, que creía que el eclecticismo y el neorrenacentismo eran muestra de refinamiento. En 1980, cuando se creó la Plaza de Aragón, pretendían demoler todos los edificios, pero la Delegación Provincial del Patrimonio Artístico del Ministerio de Cultura lo impidió y lo declaró edificio monumental grado 3, lo que ahora conocemos por Interés Arquitectónico. Comer en esos salones diseñados con maderas y techos palaciegos es todo un lujazo.

Nómada Street Food llegó a la plaza San Francisco a la esquina que menos se podían esperar el resto de los restaurantes y bares colindantes, porque lo que había allí antes era una sucursal de banco. Increíble el trabajo que tuvo que ejecutar el estudio de interiorismo Francisco Segarra, que normalmente diseña los locales del Grupo Tándem, para convertir una inhóspita oficina bancaria en esa obra de arte que emula los callejones londinenses y ambienta las paredes a piedra vista con objetos traídos de viajes a lugares lejanos, los mismos de los que se emulan las recetas de la carta, aunque algunas también son de lo más autóctonas.

El restaurante del Paraninfo comienza una nueva etapa de la sabia mano de Carmelo Bosque, cocinero y propietario de restaurantes como el Lillas Pastia de Huesca, con una estrella Michelin y un sol Repsol, y el Quema, también con un sol de la Guía Repsol. Recupera su nombre anterior Paraninfo Flor con una propuesta gastronómica de mercado y actual a un precio muy contenido, con un buen menú para aquellos que quieran comer en el centro de Zaragoza en un espacio amplio y diferente. Se encuentra en la fachada sur de este edificio de 1893, obra del arquitecto Ricardo Magdalena, que fue el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza y sede de la Facultad de Medicina hasta que esta fue trasladada al Campus de la Plaza San Francisco en 1973. De estilo renacentista aragonés, tiene una portada de piedra con figuras de insignes científicos de nuestra tierra y unos ventanales que le aportan luz y amplitud, más allá de sus altos techos, al comedor.

Los que están en stand by

El Gran Café Zaragoza acaba de cerrar pero esperamos que abran pronto otro establecimiento en ese magnífico local de la joyería Aladrén de la calle Alfonso, tan elegante, tan ecléctica en estilos arquitectónicos, tan bella, con el interior de madera brillante y las cristaleras de su preciosísima fachada con marquesina metálica, que te transporta a otros siglos. En concreto, a 1883, cuando fue proyectada por el arquitecto Luis Aladrén para Mariano Baselga, el propietario de la finca. Ojalá podamos, zaragozanos y visitantes, volver a tomarnos un chocolate con churros en su salita privada de Luis XVI.

 

El antiguo matadero municipal de Zaragoza, que se construyó entre 1878 y 1885, se inauguró como recinto de la Exposición aragonesa de 1885-1886. Buena parte de sus pabellones industriales medianos y grandes, que convergen en torno a una hermosa plaza central con una fuente, se han rehabilitado como centro cultural, donde ahora se realizan mercadillos de artesanos aragoneses y exposiciones cuyas piezas de arte, manufacturas y joyas se venden en su tienda de objetos de regalo. Junto a esta naves podemos encontrar un centro de día que acoge uno de los patios más deliciosos de la ciudad. Aunque la entrada es libre y cuenta con servicio de comedor actualmente está en stand by por protocolo covid.

El Restaurante Quema, en realidad, no deja de ser un apósito al IACC Pablo Serrano, una prolongación gastronómica del arte contemporáneo que alberga este museo y, además, un pequeño museo en sí mismo. Aunque no mucha gente lo sabe, las paredes del restaurante, situado en la parte baja del edificio, son una obra del artista zaragozano Pablo Pérez Palacio, llamada “¡Obra pictórica viva!”. Además, el Quema, también propiedad de Carmelo Bosque, cuenta con otros dos espacios dentro del mismo museo. Una sala privada llamada librería-vinacoteca, que hace un claro guiño al museo con una ‘exposición’ de vinos y libros de gastronomía, y su Espazio Quema, situado en un rincón de su amplia terraza, con las mejores vistas de nuestra capital. Un lugar magnífico para comer en un espacio con escaso aforo (de por sí, sin pandemia que lo limite) después de disfrutar de las exposiciones e incluso performances y recitales que se celebran en las plantas inferiores de la pinacoteca.

El Palacio de Larrinaga, que actualmente está cerrado por remodelación según consta en la web de la Fundación Ibercaja, su actual propietario, es el lugar ideal para celebrar un evento e incluso una boda entre sus paredes. Y no solo por la virguería de su arquitectura, que es obra del aragonés Félix Navarro, conocido por otras como el Mercado Central, el monumento al Justicia o la fábrica de galletas Patria, sino por su enternecedora historia.

Construido en el siglo XX, fue un encargo del marinero vasco Miguel Larrinaga, de ahí sus detalles navieros y marítimos para hacerle un regalo a su mujer, la turolense Asunción Clavero, con el fin de retirarse allí juntos cuando él se jubilara de su trabajo en Liverpool. Pero nunca llegaron a habitarlo porque ella falleció a los 65 años, así que él lo vendió con los muebles incluidos y se quedó en Inglaterra, donde falleció una década después. Por lo menos, descansan juntos en el cementerio. A ver si lo reabren y reanudan las visitas.

 

Artículo escrito por La Tilde Comunicación.

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